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En esa maravillosa creación de la naturaleza que es el hombre, los más ambiciosos se han dedicado a destruirla.
Publicado:9/7/2010 Rogelio Viera
La Habana.- De muy joven aprendí que la naturaleza era sabia, que había establecido leyes para mantener el equilibrio de la vida lo mismo en un pequeño ecosistema que a nivel planetario.
La selección natural, las leyes de la herencia y otros tantos mecanismos han estado actuando desde hace miles de años propiciando el surgimiento de nuevas especies cada vez mejores adaptadas al medio y con un mayor desarrollo.
Pero lo que la naturaleza no supo prever fue la existencia de un mecanismo de selección que eliminase de la especie humana a aquellos individuos que, dominados por la ambición, se dedicasen a vivir a costa de sus semejantes. Surgió así la explotación del hombre por el hombre, que tan sabiamente nos mostraran Carlos Marx y Federico Engels.
No voy a hacerles la historia de las formaciones sociales que la humanidad ha conocido, ni de las guerras por las que ha pasado, ya sean de rapiña o de liberación de los explotados contra sus explotadores.
Por otra parte, han saqueado sin medida los recursos de esa propia naturaleza que le dio origen, destruyendo el equilibrio que hasta ahora había hecho posible la vida.
Los que solo se aman a si mismo pretenden negar el caos ecológico que se está adueñando de la Tierra, los que aman la vida, luchan por revertirlo y enfrentan a los otros.
Lo cierto es que la naturaleza está pasando la cuenta por el daño, quizás irreversible, que el homo sapiens por ella creado para que la protegiese y usara racionalmente, le está infligiendo.
Si los recursos invertidos en la destrucción hubiesen estado disponibles para el desarrollo de la vida y eliminar las diferencias sociales entre los seres humanos, para proteger la diversidad biológica de todo el planeta, veríamos que un mundo mejor si sería posible.
Incalculable será el daño que se producirá si las bombas nucleares estallan por el Medio Oriente y no sabemos si el ya maltrecho planeta Tierra podrá resistir.
Sería una lástima que la cordura de los hombres no pueda detener la barbarie. |
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