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El legado de Cervantes como novelista se extiende no sólo a la fértil germinación de una narrativa imaginativa y audaz en sus componentes técnicos en España e Iberoamérica
Publicado:12/7/2010 Ortelio Rodríguez Alba webradio@metropolitana.icrt.cu
La Habana.-Recuerdo con cierta emoción el asombro de mi madre ante mis carcajadas intermitentes mientras leía reposadamente, sobre un confortable sillón de cedro, El Quijote, la inmortal novela de Cervantes. Corrían los años 80 y yo era entonces un joven recién estrenado en la Universidad. Lo leía con admiración y curiosidad como parte del programa de Literatura Española, asignatura que años después -y, desde luego, sin imaginarlo entonces,- impartiría en el mismo centro a otros estudiantes de la carrera de letras.
El Quijote fue entonces y ha sido durante toda mi vida, hasta hoy, un amuleto contra la desesperanza y una aspirina del tamaño del sol, cuando creo que el mundo se me puede venir encima.
A través de sus páginas aprendí a disfrutar la vida con una inocencia dulce, sana y aprovechable. Comprendí la grandeza de nuestra finitud humana y la importancia de dejar una huella antes de la partida última; pero, sobre todo, comencé a apreciar el valor de los sueños como realidades posibles; la virtud salvadora de abrazar una utopía para vivir con mejor ánimo la azarosa marcha de la existencia cotidiana, fuente irrevocable de toda felicidad.
Al ver caer a otros y contemplarlos levantarse, percibí la manera en que existimos para los demás; aunque no nos demos cuenta, sólo somos verdaderamente felices en interacción con el mundo, y, casi siempre, nos importa que el mundo nos reconozca, no importa con qué estatura o medida, pero que no se nos olvide, parece ser importante.
Amar por encima de los peligros y los riesgos, hacerlo con devoción, entendiendo al amor como aprendizaje útil de la emoción; un lenguaje que no suele ser enseñado y que, sin embargo, todos juzgan. Amar como amó Camila, con las luces del autoexamen; desear como lo hizo Crisóstomo, sacudido para siempre en su ser interior por un limite que no supo reconocer; soñar, como vivió Alonso Quijano, y rectificar la duración de su sueño con el retiro del pesado barro derramado en la bota, como ocurría a Sancho.
La novela también me permitió descubrir un mundo nuevo: el de la autonomía de la obra de arte; la doble vida de personajes – el caballero del verde gabán; Aldonza Lorenzo, Andresillo y otros de similar estatura-, capaces de vivir su existencia como criaturas de Dios y como personajes literarios creados por la mano diestra de un poeta singular, Miguel de Cervantes y Saavedra.
Era fascinante asistir a la rebeldía literaria y humana de estos personajes; hábiles para compartir roles y, oponerse al destino trazado para ellos por su autor, como acontece en la segunda parte de la novela con la aparición del apócrifo Quijote y el duelo de identidades más asombroso que la literatura ha producido hasta el día de hoy: un quijote disputándose la identidad que le han robado en una maniobra perfecta, parecida a un juego de vanidades cuando el hombre decide mudar su rostro por el de una máscara de carnaval..La vida como espectáculo; la existencia como teatro…
El legado de Cervantes como novelista se extiende no sólo a la fértil germinación de una narrativa imaginativa y audaz en sus componentes técnicos en España e Iberoamérica. Su riqueza abarca un pensamiento plural de rica estirpe humanista que aún hoy día es reconocido por sus altos valores morales y ciudadanos.
Ahora que conmemoramos los 50 años de la edición del clásico de la novela española a cargo de la Imprenta Nacional como primer proyecto editorial de la triunfante Revolución de 1959, valdría la pena volver sobre sus páginas con una mirada limpia –o turbia- para desintoxicarnos del humo de nuestra existencia y continuar creyendo en las bondades de la vida, por encima de los yerros del Hombre.
Acercarse a Cervantes hoy, puede ser, como apostrofaba Roque Dalton, el poeta salvadoreño, nuestro último remedio para la agonía de un terrible dolor de cabeza: “una aspirina del tamaño del sol”. |
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Directora:
Noevia Ichazo Rodríguez, Editora Jefa: Lídice
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