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Espiritualidad y renovación en la obra de Juan Francisco Elso

 

Profeta y hombre de barrio; trascendentalista de la calle y místico antillano, Francisco Elso abrió derroteros en el arte cubano contemporáneo

 

Publicado: 4/1/2010

Ortelio Rodríguez Alba

webradio@metropolitana.icrt.cu

 

La Habana.-Juan Francisco Elso- (La Habana 1956-1988) es, sin duda alguna, uno de los grandes escultores cubanos. Su producción tiene un carácter fundacional por cuanto inauguró derroteros de poética inéditos en el arte nacional.

 

Egresado de la Escuela Nacional de Arte en 1978,donde fuera discípulo de Antonia Eiriz, su actividad artística comenzó a finales de de los años 70.En 1979 participa junto a un grupo de jóvenes en la exposición Pintura fresca realizada en la casa de José M.Fors, en La Habana, y posteriormente en la Galería de arte de Cienfuegos. Este grupo integrado por Brey, Bedia, Flavio Garciandía, Gory, Tomás Sánchez y Pérez Monzón entre otros, fue posteriormente conocido como Volumen Uno, a propósito de la exhibición del mismo nombre realizada en 1981 en el Centro de Arte Internacional, en La Habana.

 

Un profeta y a la vez un tipo de barrio; un iluminado que guiaba un Chevrolet 53, un trascendentalista de la calle, un místico antillano, un hombre en el centro de muchas vertientes son rasgos que  amplían la mirada múltiple que Elso fue tejiendo a lo largo de su breve vida.

 

Originalmente, Elso era, sobre todo, un grabador, pero en sus paseos cotidianos recogía objetos en los que encontraba un encanto especial. Por esa afición o hábito colector establecería una empatía especial con el "arte pobre" de Joseph Beauys. En contacto con esos presupuestos concibió una manera completamente nueva de hacer: a partir de entonces su obra desestimó las fronteras genéricas tradicionales o las mezcló de manera particular; se consagró a la confección de instalaciones más bien efímeras, cuyo interés no estaba tanto en el resultado final, sino-como en los alquimistas,- en la renovación que se producía en su interior, mientras las creaba.

 

Eso explica, por ejemplo, el sentido de la larga secuencia fotográfica realizada por Gory a sus piezas, que registra el proceso creativo de su instalación La Fuerza del guerrero, por citar un ejemplo memorable. Para el profano, apenas hay diferencia entre una y otra imagen, pero lo que se procuraba era nada más y nada menos que sorprender el instante mágico de aquella "destilación" y registrar, si ello fuera posible, la silueta espiritual del artista.

 

No es extraño que una de las obras que abren la renovación artística de los ochenta sea su arquetípico Martí, presentado en la II Bienal de La Habana bajo el título Por América: El personaje histórico ha sido sincretizado con San Lázaro o Babalú Ayé, en una escultura de formato reducido y con una factura que recuerda los santos de la devoción popular. El rostro es el del  héroe, pero el cuerpo está cubierto de llagas como el orisha y muy ligado como éste a elementos naturales como la tierra y la hierba. Elso-de manera análoga a lo hecho antes por Carlos Enríquez o Jorge Arche-quiere romper con el personaje patrimonio de los políticos e introducir la imagen  en el ámbito de las devociones populares, en los cultos propiciatorios de la vida, recolocando sobre Martí una mirada más desgarradora e íntima. Según Gerardo Mosquera, la pieza es "un icono de la mística revolucionaria".

 

Lo singular en Elso no es que redescubriera ciertas manifestaciones de arte popular, ni que se apropiara de símbolos de la imaginería religiosa, sino que su quehacer irradiase una ética y, más aún, una espiritualidad contagiosas. De ahí que sus coetáneos y más aún, los más jóvenes que llegaron al arte a mediados de los ochenta, lo vieran como una especie de "gurú", definitivamente santificado por su temprana muerte.

 

En Elso se apuntaba una posibilidad de transformación del arte. Este fue para él un proceso místico de identificación con las esencias latinoamericanas: un proceso enlazado con su vida personal, significativo de modo directo para su propia formación.

 

Por concepción y método, el arte de Elso regresaba un tanto a fundirse con la magia, la religión y la educación; todo en función de comprender el mundo y armonizar la relación humana con él, profundizando en la cosmovisión "primitiva" y reciclando sus bases.

 

Su legado enriquece el pensamiento conceptual de jóvenes artistas cubanos; su espiritualidad emerge con nuevo ímpetu creador.

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