La
Habana.-
En
el
Parque
Central
la
estatua
de
José
Martí
vio
llegar
una
mañana
de
este
julio
a
los
hombres
de
la
generación
que
57
años
atrás
asaltaron
cuarteles
en
el
oriente
cubano,
para
desagraviar
la
mancillada
memoria
del
Apóstol
en
el
año
de
su
centenario.
Eran
muy
jóvenes
en
aquel
lejano
26
de
julio
los
que
hoy
–el
pelo
encanecido
y
rugosa
la
piel-
conservan
lozana
la
memoria
del
glorioso
amanecer
que
los
convirtió
en
historia.
Un
amanecer
diferente
al
de
esta
otra
mañana
de
julio,
con
niños
de
manos
florecidas
de
esperanza
y
adolescentes
uniformados
de
promesas.
Llegaron
a la
céntrica
explanada
capitalina
los
sobrevivientes
de
los
ataques
heroicos,
y
los
expedicionarios
que
a
bordo
de
un
yate
se
disponían
a
cumplir
el
ofrecimiento
de
independencia
hecho
al
Maestro
en
1953.
Con
la
sencillez
de
antaño
–la
de
asumir
los
gestos
precursores-
se
depositó
a
los
pies
de
Martí
una
ofrenda
de
flores,
como
ayer
los
gloriosos
combatientes
le
ofrendaran
su
coraje
al
cubano
mayor.
Entre
las
palmas
se
trenzaba
la
voz
del
trovador:
“Yo
me
muero
como
viví”.
Y el
definitorio
verso
se
legitimó
en
aquellos
hombres
que
viven
con
los
mismos
ideales
por
los
que
desde
el
Moncada,
el
Carlos
Manuel
de
Céspedes
y el
Granma
han
estado
dispuestos
a
morir.